HABLA EL HIJO DE UN GRAN NARCOTRAFICANTE
Enviado pormbarraza el Monday, 08 February a las 07:45:56
Contribución de mbarraza
Hijo del mas importante narco colombiano cuenta su vida. Sebastián MarroquÃn reflexiona sobre lo que vivió al lado de su padre, Pablo Escobar Gaviria; “siento una profunda amargura de que México esté repitiendo casi literalmente esta historia”, dice. El hijo del narcotraficante colombiano decidió tomar un camino diferente al de su padre.
"El primer coche bomba de Colombia explotó en mi casa", recuerda Sebastián El 10 de diciembre se estrenó en Colombia el documental "Pecados de mi padre", dirigido por Nicolás Entel (a México llegará en 2010). Es la primera vez que, tras 15 años de exilio en Argentina, acepté romper mi silencio y contar mi vida junto a mi padre, Pablo Escobar, el más importante narcotraficante colombiano de los últimos tiempos. Son muchas las razones que tuve para salir ahora a la luz pública. Con mi largo silencio quise mostrar mi respeto absoluto a las vÃctimas de mi padre, a todo mi paÃs. Aproveché este largo tiempo para poder encontrarme a mà mismo como persona, en busca de una propia identidad y sabiendo que nada crece bajo la sombra de un gran árbol como la de mi progenitor. Elegà y decidÃ, humildemente, reinventarme como ser humano y estudié dos carreras universitarias: soy arquitecto y diseñador industrial. Me preparé por años para la construcción de sueños, no para la destrucción. Con dolor he aprendido a separar al padre del Pablo Escobar que recuerda la mayorÃa. Jamás podrÃa renunciar al amor que como hijo le profeso, pues además lo recuerdo siendo un padre que me cantaba las canciones de Topo Gigio y me inventaba cuentos para dormirme, me enseñó a jugar al futbol, a montar en bicicleta, en moto y hasta en elefante. Me enseñó a ser un hombre de palabra, decÃa que la palabra era un contrato. Lo acompañaba a los barrios marginales a donar decenas de canchas de futbol y polideportivos, vi cómo crecÃa su proyecto de construir 5,000 viviendas equipadas para regalarle a estas familias que vivÃan en el basurero municipal de MedellÃn y restaurar asà la dignidad de las clases que nos negamos a reconocer aún hoy en la sociedad. Fue además un gran maestro de lo que no debemos hacer y es asà como lo recuerdo a diario frente al espejo, debatiéndome en un duelo permanente de sentimientos explosivos y contradictorios que estoy obligado a enfrentar, buscando encontrar un equilibrio y una paz que respete la dignidad de todos sin excepción. No es fácil, aprendà que el odio mantiene a muchos atados al pasado, y perpetúa infinitamente el dolor generado por el victimario hasta enfermarnos de violencia. Por ello busqué una reconciliación y un perdón público ante los hijos de las vÃctimas más prominentes de mi padre, Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán. Un ministro de Justicia que se atrevió a denunciar públicamente la infiltración del narcotráfico en la vida polÃtica de Colombia, y un lÃder reformista seguro ganador de las elecciones presidenciales de 1990. Además de ellos pido aún hoy perdón a cada uno de los 44 millones de colombianos vÃctimas de la violencia generada por mi padre. Es una larga lista, que tristemente no excluye a nadie: policÃas, jueces, polÃticos, periodistas, narcotraficantes y cientos de inocentes transeúntes que ni siquiera osaron enfrentarlo, pero que estuvieron en el lugar y el momento incorrecto cuando explotaban sus bombas indiscriminadamente. Como su familia, no nos fue ajena esa violencia ni logramos escapar de ella. El primer coche bomba de la historia de Colombia explotó en mi hogar un 13 de enero de 1988 a las 05:13 horas. Allà nos encontrábamos con mi madre Victoria Eugenia, quien tenÃa 28 años, mi hermanita Manuela, con escasos meses de edad, todavÃa no tenÃa ni siquiera la posibilidad de declararse inocente por no saber hablar aún. Yo tenÃa 11 años. Mi padre tenÃa para entonces un enorme poder económico y militar. Cuando vio la foto de la cuna donde dormÃa su hija durante la explosión que destruyó los vidrios de todas las viviendas de MedellÃn en un kilómetro a la redonda, enloqueció de violencia y respondió con ferocidad. Una sola bomba contra su familia lo hizo ordenar la explosión de más de 200 bombas por todo el paÃs hasta casi lograr la claudicación de todos los poderes del Estado frente al poder del narcotráfico. Estábamos todos ciegos y aturdidos en ese ambiente hostil. Aprendà que la vida es un búmeran, que los actos violentos generan una violencia cada vez mayor y desenfrenada, llevándonos hacia una espiral inconmensurable de maldad que luego es imposible detener, salvo por nuestra propia e Ãntima voluntad. Asà corren aún hoy en Colombia rÃos de sangre que tiñen de odio, maldad, tristeza y desazón a la sociedad. Solemos olvidar la historia, y por ello es que siempre se repite, pues insultamos asà el precioso legado de las experiencias de la vida. Colombia ya era violenta antes del nacimiento de Pablo Emilio Escobar Gaviria. La carta más difÃcil que escribà en mi vida fue para los hijos de aquellos lÃderes que prometÃan rescatar el paÃs y que murieron junto a la esperanza de muchos. Allà les dije a sus hijos en la misiva enviada a principios de 2008 que “… Comprendo que nacà en un ambiente fértil para la violencia, pero el legado de nacer en un ambiente tan hostil no podrÃa ser otro distinto al de la búsqueda de la paz. No quiero repetir la historia”. Recordé que “mi padre con su violencia obligó a muchas familias a exiliarse, principalmente a las suyas, ignorando que con ello se estaba también gestando subrepticiamente el exilio de sus seres más queridos”. Quiero tener un hijo, pero no le dejaré por ello un testamento de violencia. Tengo el honor de estar casado con una mujer mexicana, que tiene un coraje que harÃa palidecer a cualquier guerrero, parafraseando a Gandhi. Ella me ha enseñado mucho sobre esas lindas y sabias tierras. Me ha acompañado en los más pétreos caminos. Es mi gran amor y asà también lo es México para mÃ. Adoro las rancheras y me atrae el tequila. Pero me entristece ver lo que estoy observando desde el lejano Buenos Aires, pues se parece mucho a la primera parte del documental "Pecados de mi padre". Siento una profunda amargura de que México esté repitiendo casi literalmente esta historia, aquella de la que tanto me cuesta aún hoy hacerme cargo. Siento que la pelÃcula que hoy están viviendo mis compadres mexicanos, es la misma que yo vivà en Colombia exactamente en 1984, a mis siete años de edad, cuando mi padre decidió por cuenta propia mandar a asesinar al entonces ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (Q.E.P.D.). De ahà en más, mi paÃs vivió una violencia sin precedentes. Ese dÃa mi familia se desmembró para siempre, mi padre pasó luego toda su vida en la clandestinidad, el hogar por él construido no existió más. Por eso me decidà a participar en este documental y a romper el silencio sepulcral que mantuve 16 años después de su muerte, porque he vivido en carne propia el horror de una violencia sin par que no quiero para Colombia, para México ni para ninguna nación del planeta. Fui testigo, al igual que mi paÃs, de una guerra sin cuartel del narcotráfico contra el poder del Estado que no ganó nadie, pues sólo quedamos como mudos testigos los miles de huérfanos y viudas de todas las esferas de la sociedad. La violencia no discrimina. Comprendà que aun en las más segregadas familias –como la nuestra hay padres, hijos, hermanas, abuelos, etc. Ahà también hay sentimientos por encima de lo machos que pretendamos ser ante otros en la vida. Veo en mi esposa a diario el fiel reflejo del tesón del pueblo mexicano. Respeto la dignidad de cada persona y no distingo entre uniformes o nacionalidades, sólo veo a ciudadanos de la raza humana y a nadie más. Sólo veo a hombres con su voluntad de sobrevivir en un ambiente donde las oportunidades son escasas y donde el hambre abunda, asà como los deseos de brindarle la mÃnima dignidad a nuestros seres más queridos. Algunos están dispuestos a matar para no vivir en la indigencia, pero no puede haber excusa válida para generar violencia hacia nuestros hermanos a costa de nuestras necesidades o ambiciones personales. En MedellÃn, mi ciudad natal, la presencia de la arquitectura y el urbanismo aplicado desde el Estado ha comenzado a aportar ejemplos de exportación de estas ideas para el mundo como una esperanza de paz para brindar dignidad, seguridad, cultura y oportunidades a los más marginados. Creo en la arquitectura como una herramienta capaz de transformar la realidad a partir de hechos arquitectónicos concretos. Es definitivamente una herramienta eficaz para la paz. Por ello no me dedico a la polÃtica. En nuestra vasta familia latinoamericana solemos heredar las virtudes y los pecados de nuestros padres, y es bajo esta excusa que vivimos por décadas enfrascados en unos cÃrculos de violencia y venganzas generacionales que se repiten incesantemente. Yo no fui ajeno a esto, de hecho, al enterarme de la muerte de mi padre, a mis 16 años, caà en esos cÃrculos y armado de ira e intenso dolor amenacé públicamente con matar a quienes habÃan dado muerte a mi padre. Sin embargo, ahora agradezco a Dios que 10 minutos después me hizo reflexionar y transformar el odio para no perpetuar este aparente estilo de vida que –les aseguro es más de sufrimientos y de persecuciones que de placer. Un ejemplo? Un dÃa la policÃa dispuso, sin saberlo, un control rutinario en alguna calle de la ciudad justo frente a la casa donde yo me escondÃa con mi padre. Ese control policial comenzó un domingo y duró siete dÃas frente a nuestro escondite. Se nos terminaron los vÃveres y estábamos solos pero rodeados de millones de dólares. Aguantamos hambre mientras comprendà que el dinero del narcotráfico no servÃa para nada si no te podÃas comprar siquiera una libra de arroz con él. La muerte de mi padre no afectó en absoluto el tráfico de drogas en el planeta, la violencia y las drogas ya estaban afincadas en Colombia y en el mundo antes de su nacimiento, y siguen lamentablemente estando aún hoy, hasta que elijamos perdonarnos unos a otros desde nuestras más Ãntimas fibras. La guerra consume y derrocha inconmensurables recursos humanos y públicos. Distintos paÃses y los enemigos de mi padre gastaron más de 3,000 millones de dólares para perseguirlo a él y su organización. Mi padre usó toda su fortuna para la guerra y para defender sus intereses, y lo que queda de ella está destruido por completo o en manos de las más diversas autoridades. Miles de millones de dólares que podrÃan haber sido gastados para asegurar salud, educación y un futuro mejor y más digno para el pueblo colombiano. La paz, en cambio, es gratis!, pues sólo se requiere de nuestra humana voluntad de hacerla
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